Quien se guarde la vida la perderá. Pero quien entregue su vida por mí y por el Evangelio, ése la ganará (Mc 8, 35: el evangelio de este día de su aniversario)

Espiritualidad – por Juan Quelas.

Estoy convencido que Cecilia vivió la santidad. Si es verdad que la santidad no consiste en vivir “heroicamente” ciertas “virtudes”, sino que consiste en transparentar en la historia el rostro del Eterno, entonces Cecilia fue santa. Poco y nada de heroísmos en su vida (que en el fondo son más prometicos que cristianos), aunque Cecilia tuvo actitudes heroicas. Y mucho de santidad, de vida vivida a la luz del Amado, de días vividos a la luz del Evangelio.

Me pidieron hace tiempo que escribiera algo sobre Cecilia. Prometí hacerlo, pero pasó un año. En el 7º aniversario de su Pascua, pongo manos a la obra. No ha sido por dejadez o falta de ganas. Sólo que no se puede escribir sobre algo tan grande y tan bello si no se depura el alma, si no se hace un largo entrenamiento de buceo interior. Hay que dejar decantar las cosas cuando se va a hablar de algo que supera todo lo que podemos pensar, para que las palabras no sean un atrevimiento, sino el reflejo de las realidades de las cuales se habla.

Es curioso. Mis recuerdos de y con Cecilia no siguen un hilo continuo. Son, más vale, fragmentos, figuras, imágenes que, como un collage, se van abriendo paso a través de la memoria, ese antídoto del olvido, esa gran custodia de los vínculos. Por eso, escribiré en unos pocos fragmentos, como son los recuerdos de mi relación con ella. Muchas cosas quedan en la intimidad de lo indecible. Otras en los laberintos oscuros de lo que guarda la memoria pero que no alcanza a ser alumbrado. Los demás, los que afloran como un haz de luz, son los que relato en este día.

Alguna vez me tocó confesar a Cecilia. No puedo revelar el contenido de aquella confesión (ni creo poder acordarme de eso, en todo caso), pero sí recuerdo que fue una tarde de luz en General Belgrano, dando vueltas en el auto, mientras Cecilia se confesaba conmigo. Creo que este recuerdo es una bella metáfora: una confesión en movimiento, andando. Como es la vida misma, como es el dejarse atrapar por la Gracia: una aventura, un ir adelante, un dejarse encontrar por Alguien que nos persigue desde atrás y que nos atrae desde adelante. Recuerdo haber frenado el auto delante de los silos de la Avenida Italia, porque la celebración de esa reconciliación se había vuelto densa, entrañable. Y ahí, como detenidos delante de esos silos, haber gustado ese abrazo del Padre que sale a nuestro encuentro.

Hay otro recuerdo en Pila, después de la oración de inicio de una de las largas reuniones para crear los encuentros Kerygma. Pasábamos todos de la iglesia al salón de reuniones, atravesando la sacristía. Dejamos pasar a todos y nos quedamos los dos. Cecilia estaba en medio de su lucha con el cáncer. Le pregunté sobre su salud y me relató tranquilamente lo que estaba haciendo, y los resultados que habría si todo salía bien. “¿Y si no sale bien?”, le pregunté, con esa complicidad de dos personas que han visto la muerte cara a cara. “Si no sale bien, todo estará igualmente bien”, me respondió con suprema paz. No hacía falta decir nada más, sino sólo permanecer en unos segundos de silencio y de absoluta densidad, para volver inmediatamente al encuentro de los demás, a seguir viviendo lo cotidiano, a organizar los Kerygma, el anuncio gozoso del Evangelio. Bello lugar la sacristía: ahí donde se prepara la eucaristía. Eucaristía que no es sólo celebración litúrgica, sino vida que se da en comida y bebida. “Tomen, esto es mi cuerpo”. Recuerdo a Cecilia en ese vivir eucarístico hasta el final.

Durante el enero previo a su muerte, hablé por teléfono con ella. Pretendía venir con nosotros al 1º Campamento de Universitarios en Villa Traful, en el Sur. Atónito, yo escuchaba sus ideas: “Yo me alquilo una cabaña o me voy a un hotel. Pero quiero compartir este campamento, no quiero quedar afuera”. Fue un arduo trabajo convencerla de que era imposible. No por falta de ganas (de ella y mías), sino por responsabilidad con ella y con el grupo. De mala gana aceptó que no era posible. Todavía no sabíamos que se acercaba su desenlace, pero su estado le impedía objetivamente asumir semejante aventura. Supongo que fue una más de las renuncias que asumió desde su cruz.

Unos días antes del final, estaba Cecilia internada. A mí me urgía comenzar con las actividades pastorales del año, y había sugerido hacer una reunión de equipos de jóvenes a finales de febrero o comienzos de marzo, cuando todos estaban todavía demasiado dispersos para poder plegarse a una reunión. Cecilia le comento a un cura, con el humor que tenía siempre: “Juan quiere hacer una reunión en estos días: ¡está loco!”. Era una reunión en la que ella tenía que estar presente, claro. Y con el entusiasmo a flor de piel, comentaba con pasión los acontecimientos de su amada pastoral de jóvenes.

Cecilia vivió su enfermedad como vivió su vida: con alegría y sin detenerse, con coraje y entrega. A veces no sabíamos cómo se mantenía en pie, si su cuerpo estaba como estaba. Jamás la escuché quejarse, aunque me consta que tenía dolores fuertes: ¡había cosas más importantes que hacer, antes que quejarse! Sé que ofreció su enfermedad y sus dolores por los curas de nuestra diócesis, de su querida diócesis. Vivo en la esperanza de que esa entrega irá dando sus frutos, desplegándose en la historia de nuestros trabajos y nuestros días, a medida que nos vayamos entregando con docilidad a las inspiraciones del Espíritu. Cecilia sabía cuánto necesitamos de esa entrega eucarística y de esa oración apasionada. Así se lo dijo siempre al Obispo, padre de los curas.

Desmenuzo el tiempo compartido con Cecilia y veo traslucirse la figura de Pier Giorgio Frassati, a quien admiró y amó, el Patrono de nuestros jóvenes diocesanos. Leo ambas vidas como se mira o se adivina un palimpsesto: una figura oculta con otra figura que, a la vez, la oculta y la protege, la revela y la desvela. Como un Pier Giorgio vuelto a la vida, Cecilia vivió sus trabajos y sus días en la entrega confiada de un Amor que supera todo lo que podemos pensar. Y en ese Amor que nos arrolla y nos desborda, la vida de Cecilia se sigue desplegando en el acontecer de la historia en la vida de tantos que aún vivimos de esa Vida que supo transmitir, que pudo traslucir. Una Vida que le venía de otro lado, la Vida que inauguró el Amor, la mañana de su Resurrección.

En mi ministerio sacerdotal, quiso Dios que fuera cura en la Catedral de Chascomús y en la Parroquia de Pila, los lugares del bautismo y confirmación de Cecilia. Y comparto con ella haber vivido en General Belgrano y después en La Plata. No dejo de pensar que eso puede marcar un camino. Para Cecilia la vocación bautismal siempre fue decisiva: tejió su existencia desde dentro. Y a esa vocación se entregó apasionadamente. Vocación asegurada objetiva y sacramentalmente en la Confirmación y asumida con libertad y personalmente en su decisivo encuentro con el Amado, en aquel encuentro de Llamadas que, de algún modo, marcó una inflexión en su compromiso y en el sentido de su vida. Vocación extendida en la fundación de los encuentros Kerygma y tejida con las cientos de vidas con las que fue trabando conocimiento y amistad a medida que trabajábamos en las cosas de Dios y de la Iglesia, mientras compartíamos vida y amistad que derrochamos con alegría tratando de dejarnos dominar por los impulsos del Espíritu.

Cecilia murió un miércoles de Cenizas de 2007. Mientras nosotros comenzábamos la Cuaresma, el largo camino de conversión, ella inauguraba su Pascua, el luminoso encuentro del Amor. Como hacen los santos, comenzó su tarea de mostrarnos el camino.

Juan Quelas, 21 de febrero de 2014.

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2 thoughts on “Quien se guarde la vida la perderá. Pero quien entregue su vida por mí y por el Evangelio, ése la ganará (Mc 8, 35: el evangelio de este día de su aniversario)

  1. mi comentario es: el día de su entierro,el cual pasa por plaza belgrano y entra en la iglesia Inmaculada Concepción,yo estaba cuidando mis nietos unos minutos en la plaza cuando salen corriendo justo para el lado de la iglesia ,salgo rápido para alcanzarlos , la idea que no preguntaran que era o quien era…ya que Cecilia habia cuidado a Lourdes( mi nieta mayor) cuando Francisco( mi nieto menor) estuvo grave en La Plata, mi idea era q no supieran q ella habia fallecido…y no contarles algo tan triste para mi….q conocia a CECI…..mi gran sorpreza fue q antes de alcanzar a mis nietos siento un immenzo olor a rosa!!!!!!nunca antes me habia pasado nada igual,obviamente q mis nietos no preguntaron nada…..los traje de la mano…pase por el mismo lugar para sentir ese bello aroma ….y no lo pude sentir mas!!!!!! realmente algo maravilloso…como q mis nietos estaban cuidados!!!! q no debia preocuparme!!!!!
    nunca olvidaré ese Día…

    • Cristina, gracias por compartir esto que te paso con Ceci…!!! Ese olor a rosas que sentiste es signo de su santidad, estoy segura!!! Tambien estoy segura de que tus nietos estan protegidos por siempre por la custodia celestial de Ceci, que los quiso tanto tanto… Me acuerdo perfectamente cuando la cuido a Lourdes. Un abrazo grande!

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